Caminábamos por los pasillos con olor a medicinas por todas partes, al punto de provocar náuseas a Alexander quien cada tanto se llevaba las manos a la boca evitando sacar toda la comida de sus 36 años.
—¿Estás bien? —Pregunté notándolo más pálido que la muerte.
—Maldita sea… no sé Lucía, me siento horrible con ese olor.
—Te estoy preguntando por lo mismo, sé que odias los hospitales y al parecer las clínicas no son la excepción.
—No me gusta nada que tenga que ver con médicos, cariño —comentó,