En esa cama me sentí amada por él, amada como ninguna otra persona me había amado antes, sus ojos azules me devoraban en silencio. Escuchaba atentamente mis gemidos y se preocupaba por mimarme cada vez que veía un ápice de dolor en mis gestos.
Sus movimientos eran más rápidos y precisos, llenos de deseo como si en algún momento mi cuerpo se fuera a acabar.
Esos movimientos rústicos que si bien no fueron muchos, fueron suficientes para sentir que por unos instantes se estaba conteniendo.
Lo pref