Esperaría todo lo que ella me pidiera. Todo yo le pertenecía más de lo que se imaginaba y, aunque no expresará las palabras, muy en el fondo de mi ser, sabía ella lo sabía y yo sabía que era lo mismo con ella. Voy tras ellos y observo en silencio como Amelia se encarga de cambiar la ropa de nuestro hijo hasta llevarlo a su cuna para qué descansará. La imagen que ellos dos me proyectaban era la mejor que había visto en mi vida.
—¿Vas a quedarte ahí de pie todo el tiempo?
—No.
—Pronto se quedará