Al llegar a casa, Callum seguía sin dar respuesta alguna. Me alegré de que Talía me hiciera caso sobre sorprender a Sebastián, aunque no dejaba de sentir esa presión en mi pecho. Aquella sensación que me decía que todo estaba mal y que no había manera de remediarlo.
El cielo de Londres se había teñido de un gris azulado que prometía tormenta. Estaba de pie en la terraza de mi casa, con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos dentro de los bolsillos mientras mi hijo se encontraba a mi detr