Los dedos de Sophia temblaban tanto que dejó caer su iPad sobre el edredón de seda. Eran las dos y media de la madrugada, pero el dormitorio en la villa de su padre estaba brillante, iluminado por el duro resplandor azul de tres teléfonos desechables diferentes esparcidos sobre las sábanas.
Había pasado cuarenta y ocho horas y veintidós mil euros comprando a cada bloguero de estilo de vida de nivel medio desde Menton hasta Milán.
La estrategia era desordenada, nacida de puro rencor frenético de