—Buenos días —saludó Kenzie suavemente, entrando al patio de los barracones. Observó a Crystal, quien se veía exhausta, con la frente cubierta de sudor por haber practicado sus formas sin parar desde el amanecer.
—Buenos días, querida —jadeó Crystal, bajando su espada de práctica y limpiándose la frente—. ¿Cómo estuvo tu noche?
—Estuvo bien… es solo que tengo un muy mal presentimiento sobre hoy —murmuró Kenzie, con el pecho apretado mientras miraba hacia la imponente jaula de acero en el centro