—Olivia, ¿estás dormida? —Zayden le acarició la cabeza suavemente, haciendo que se despertara.
—¿Zayd? —Olivia abrió los ojos y lo vio frente a ella. Intentó incorporarse, pero soltó un gemido de dolor mientras se llevaba la mano a la cabeza.
—No te fuerces, quédate recostada —dijo Zayden, ayudándola con delicadeza a recostarse otra vez.
—Tienes fiebre. Descansa; le pediré a un médico que venga a verte —añadió.
—¿Qué hora es? —preguntó ella, pasándose una mano por el rostro.
—Son las diez de la