24. No me voy a ir
Gabriel no tenía palabras para describir la desesperación que estaba sintiendo. La angustia se lo estaba comiendo de dentro hacia afuera de tal forma que ni siquiera sentía la herida que tenía en el abdomen, esa que debería preocuparle porque no dejaba de sangrar.
Sin embargo, en lo único que él podía pensar era en Sofía, en qué demonios le estaba ocurriendo como para que estuviera tan desesperada. Y es que si los malditos ancianos se hubieran atrevido a ponerle un solo dedo encima…
—¡Alfa, ya