De nuevo el juego de las miradas, con el que se decían miles de palabras sin hablar. El lenguaje tácito corporal, las pequeñas sonrisas, las manos disimuladas en el cabello o en los brazos, los movimientos leves, la mágica sensación de crear una tensión invisible en el aire que los comunicaba. A Daniel le estaba empezando a hervir la sangre y seguía sin poder dar un paso en su dirección.
El rostro inexpresivo daba un mensaje, pero el fuego de sus ojos, otro. Deanna no comprendía ¿era por Beverl