Cómo cada mañana, en los últimos días, había terminado de hablar por teléfono con Roberto para pasarle mi reporte sobre las últimas actividades que ejecuté y los avances alcanzados, cuánto tocaron a mi puerta, fui a abrir y de nuevo, allí estaba el mensajero.
El chico me saludó de forma casual, con sus recurrentes visitas, llegué a pensar que si seguíamos así, seguro que en poco tiempo terminaríamos por hacernos amigos. En esa ocasión, me entregó tres cajas, junto a la infaltable nota.
“Querida