—Mi mate… —su voz era ronca, quebrada por la emoción—. Tengo que agradecerle a la luna por hacerte mía.
Él parecía sacado de una pasarela, tenía un traje negro impecable, cabello hacia atrás, ojos azules que me recorrían y se oscurecían con cada curva.
—Tú pareces un sueño… —atiné a decir. Él rugió,