Fui tan tonta, que al verlo, tomé rápidamente el termómetro y lo introduje en mi boca. Lo peor que pude hacer, porque ya me había descubierto.
Las mejillas me ardieron al verlo caminar en silencio en mi dirección. La vergüenza me cubría de pies a cabeza.
Tomó el termómetro y lo sacó con cuidado de mis labios.
—Casi treinta y ocho grados —Su voz resonó en toda la habitación, pero no estaba gritando—. Y sólo estuvo unos segundos en el té. Impresionante.
Bajé de la cabeza, incapaz de enfren