Con pasos precavidos había llegado a la puerta principal de mi casa, a las escaleras y a mí habitación no sin antes que mi madre tomara mi mano, completamente insconciente y podía lograrlo sola. Aunque inguna de las dos decía una palabra, la incomodidad reinaba en el lugar.
A pesar de mis ideales por lobscuales me seguía arraigando, estaba dispuesta a pedir una disculpa por mi actitud de esa tarde, sólo debía esperar. Sin importar que termináramos de nuevo en un vaivén de reproches y quejas.