Con un último vistazo de ella enroscada de una manera auto protectora en la cama, con sus ojos hinchados, cerré la puerta de la cabina y la dejé en paz porque necesitaba calmarme y drenar toda la furia e impotencia que contenía mi cuerpo.
Al llegar a estribor apreté mis manos en la templada barandilla de metal mirando la oscuridad tragarse el océano.
Mi cabeza no paraba de retratar imágenes de una alegre Eloise siendo maltratada por un enfermo. Un jodido loco sin escrúpulos que había terminado