Él había aparecido hoy, callado y dubitativo. No pronunció palabra más que para decirme que estaba allí para mí. No me convenció con nada gracioso para hacer que montara en la moto, sólo me ayudó a hacerlo. No me sonrió como siempre lo hacía.
Pero dejó un beso en mí frente y deslizó un ligero dedo por mí mejilla antes de ponerme el casco.
Por su misma actitud no sabía donde estábamos. Podía sentir los árboles bailar y rosarce entre sí por el viento de la noche. A los grillos chirriar y a los pe