Ernesto abrió los ojos de par en par, por instinto tomó del brazo a Aranza, y la cubrió con su cuerpo, al tiempo que la chica limpiaba su rostro.
Una gélida mirada, se clavó en aquella indeseable mujer, que acababa de agredir a su novia.
— ¿Qué demonios te sucede? —bramó furioso.
El rostro de Sandra estaba desencajado, pálido, su barbilla temblaba.
— ¡No puede ser! —exclamó con nerviosismo—. Me estoy volviendo loca —dijo, con el pecho agitado.
Aranza frunció el ceño, giró su rostro para observ