Capítulo 50

Aranza no podía dejar de llorar, su pecho dolía con gran aflicción.

—¿Por qué? —cuestionó con dolor.

Ernesto se acercó a ella y limpió sus lágrimas con la yema de sus pulgares, sus ojos se cristalizaron.

—Las cosas no son como piensas —explicó—. No te engañe —expresó con la voz fragmentada—. Tienes que confiar en mí, bicho.

—Será mejor que dejemos descansar a Aranza —Martín se acercó preocupado.

La joven dirigió su grisácea mirada hacia el médico.

—¿A quién se refiere? —cuestionó.

—A ti —el hom
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