CAPÍTULO 4: "EL MÉDICO"

POV: Elara

Dos días después del colapso, me paré frente al edificio del Distrito de las Artes.

Las escaleras crujieron bajo mis pies. Toqué dos veces.

La puerta se abrió. Leo estaba del otro lado. Solo él.

—Puntual. Bien. Entra.

El estudio era enorme. Techos altos, ventanas enormes. Y en una esquina, Leo había montado una mini-clínica.

Mesa de examen. Monitores vitales. Cajas de suministros médicos.

—¿Dónde están los otros?

—Les pedí que no vinieran. Solo yo. —Me guio hacia su sección—. Necesito entender qué está pasando en tu cuerpo. Y para eso, necesitas estar tranquila. Los siete aquí sería contraproducente.

Tenía razón. Solo estar con él hacía que mi pulso se acelerara.

—Siéntate.

Me senté en el borde de la mesa. El papel crujió.

—Primero, líneas basales. Todo antes de cualquier contacto.

Colocó el tensiómetro en mi brazo. El velcro rasgó el silencio.

—140 sobre 78. Elevada. —Anotó—. Frecuencia cardíaca: 92.

—Estoy nerviosa.

—Lo sé. Es normal. —Pasó el termómetro por mi frente—. 36.7. Perfecto.

Me miró directamente.

—Ahora necesito examinar las líneas en tu espalda. ¿Puedo?

Vacilé. Asentí.

Me giré, levantando mi camisa hasta los omóplatos. Sentí sus dedos enguantados trazar el aire a milímetros de mi piel.

—Siete líneas principales. Irradiando desde la columna vertebral. —Su voz era profesional, pero había tensión debajo—. ¿Puedo tocar? Solo para verificar textura.

—Sí.

Su dedo índice rozó la primera línea. Apenas contacto.

Un escalofrío recorrió mi columna. Eléctrico.

—Reacción inmediata. —Leo miraba un monitor—. Tu frecuencia cardíaca subió a 98. Temperatura de piel aumentó 0.4 grados.

Retiró su mano. Los números bajaron.

—Voy a tocar cada línea. Una vez. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Tocó la segunda. Luego la tercera. Con cada toque, mi respiración se hacía más superficial.

Para cuando llegó a la séptima, estaba temblando.

—Para —susurré.

Se detuvo inmediatamente. Paso atrás, quitándose los guantes.

—¿Dolor?

—No. Es demasiado intenso.

—Entiendo. —Anotó furiosamente—. Cada línea corresponde a uno de nosotros. Cuando toco, tu cuerpo reacciona como si estuviera reconociendo compatibilidad.

Me bajé la camisa, girándome.

—¿Qué significa eso?

—Significa que esto es real. Biológico. —Se sentó frente a mí—. Tu cuerpo está programado para vincular con siete Alfas específicos.

—¿Tú también lo sientes?

Asintió.

—Cuando te toqué, sentí una descarga. Reconocimiento a nivel celular. —Dejó los guantes sobre la mesa—. Quiero probar algo. Con tu permiso.

—¿Qué?

—Contacto piel con piel. Sin barreras. Mi mano en la tuya. Treinta segundos.

Mi corazón se disparó.

—¿Es necesario?

—Necesario para entender el rango completo de la respuesta vincular. —Me miró directamente—. Pero solo si tú aceptas. Puedo detenerme en cualquier momento.

Miré su mano. Grande, con cicatrices. Luego la mía, temblando.

—¿Solo treinta segundos?

—Solo treinta, lo prometo.

Respiré profundo. Extendí mi mano, palma arriba.

Leo extendió la suya. Se detuvo a centímetros.

—Última oportunidad para negarte.

—Hazlo.

Nuestras palmas se encontraron.

El mundo explotó.

No fue calor. Fue un incendio. Cada terminación nerviosa se encendió al mismo tiempo. El calor trepó por mi brazo, fluyó a través de mi pecho hasta instalarse como brasa en mi abdomen.

Jadeé.

—Frecuencia cardíaca: 105 —dijo Leo, voz tensa—. Presión arterial subiendo. Temperatura: 38.2 grados.

—¿Y la tuya?

—También elevada. 37.9. —Apretó ligeramente mi mano—. Esto es muy significativo.

Comenzó a contar. Treinta segundos.

Cada segundo se sentía eterno. Podía sentir su pulso. El ritmo sincronizando con el mío. Boom-boom. Boom-boom. Como un solo corazón.

—Diez.

Su pulgar se movió, acariciando el dorso de mi mano. Tan pequeño. Tan devastador.

—Quince.

Mi respiración se acompasó con la suya.

—Veinte.

Abrí los ojos. Leo me miraba. En sus ojos vi lo mismo que sentía: asombro, miedo, deseo contenido.

—Veinticinco.

Sus dedos se entrelazaron con los míos. No era parte del experimento. Pero ninguno se detuvo.

—Treinta.

No soltó. Ni yo tampoco.

El silencio se espesó.

—Deberíamos... —empecé.

—Sí. —Pero sus dedos se apretaron—. Deberíamos.

Cinco segundos más. Diez.

Finalmente, Leo soltó mi mano.

El frío fue brutal. Como perder algo vital.

Me abracé, frotando la palma. Todavía sentía el fantasma de su calor.

Leo miraba sus datos, manos temblando.

—Conclusión preliminar. —Tuvo que aclararse la garganta—. El contacto directo aumenta significativamente la sincronización. Frecuencia cardíaca, temperatura, patrones respiratorios. Pero de manera controlada, no como el colapso.

—¿Por qué es diferente?

—Porque es uno solo. Porque es consensuado. —Me miró—. Tu cuerpo no está en shock. Está aceptando.

Se levantó, guardando su tablet.

—Necesitaré hacer esto con cada uno. Pero no hoy. Tu sistema necesita recuperarse. Uno cada dos días. Mínimo.

—Eso son dos semanas solo para evaluaciones.

—Mejor dos semanas que otro colapso. —Su tono no admitía discusión—. Y después, proceder aún más lentamente. Incrementar duración y tipo de contacto gradualmente.

—¿Cuánto tiempo llevará?

—No lo sé. —Se pasó una mano por el cabello—. Nunca ha habido un caso de Omega Cíclope con siete vínculos. Estamos escribiendo el manual mientras avanzamos.

—¿Y si no puedo? ¿Y si mi cuerpo no puede manejar esto?

Leo se acercó. No me tocó, pero su presencia era sólida.

—Entonces nos detenemos. Regla cinco. Salida en cualquier momento. —Hizo una pausa—. Pero Elara, por los datos, creo que puedes. Tu cuerpo quiere esto. Solo necesita tiempo.

—¿Y ustedes? ¿Pueden esperar?

—Tendremos que hacerlo. —Sonrisa pequeña, triste—. Somos adultos. Aunque... desde que soltamos las manos, hay una parte de mi cerebro que solo quiere volver a tocarlas. Es desconcertante.

—Bienvenido a mi vida de los últimos tres años.

Me ayudó a bajar. Esta vez extendió su mano con el guante puesto. Barrera segura. Lo tomé.

—Ve a casa. Descansa. Hidrátate. Y reporta cualquier efecto secundario.

—¿Habrá efectos secundarios?

—Posiblemente. Dolores de cabeza. Sensibilidad aumentada. Sueños vívidos. Tal vez... anhelo. De contacto. De presencia específica. —Sus ojos encontraron los míos—. Si se vuelve abrumador, llámame.

—¿Ya estás sintiendo eso?

Su mandíbula se tensó. Asintió apenas.

—Desde el segundo treinta y cinco. Y empeora cada minuto.

La honestidad en su voz me golpeó. Este médico controlado luchaba con la misma necesidad irracional que yo.

No estaba sola.

—Leo. Gracias. Por ser cuidadoso. Por ir despacio.

—No estás rota. Estás mal entendida. Hay una diferencia. Y voy a probarlo. Científicamente.

Salí. Bajé las escaleras. Afuera, el sol me cegó.

Miré mi palma. Todavía sentía el fantasma de su mano.

Y entonces me golpeó.

¿Qué m****a estoy haciendo?

Me apoyé contra la pared del edificio, náusea trepando por mi garganta.

Treinta segundos sosteniendo la mano de Leo. Y en dos días, haría lo mismo con Kai. Luego Finn. Luego Rhys. Cole. Jax. Zane.

Siete hombres. Siete toques. Siete...

Siete amantes.

La palabra apareció en mi mente antes de que pudiera detenerla. Porque eso es lo que serían, ¿no? Eventualmente. Cuando los treinta segundos se convirtieran en treinta minutos. Cuando las manos se convirtieran en bocas. Cuando el "experimento médico" de Leo se convirtiera en lo que ambos sabíamos que sería.

Puta.

La palabra me quemó. Fea. Brutal. Pero honesta.

¿Qué tipo de mujer hace esto? ¿Qué tipo de mujer puede sentir lo que sentí con Leo y saber—saber—que en dos días sentiría lo mismo con Kai? ¿Y luego con Finn? ¿Y con todos los demás?

Una Omega Cíclope, susurró mi mente. Es biología. No elección.

Pero se sentía como elección. Porque había disfrutado esos treinta segundos. Había querido más. Y eso me convertía en...

En una sobreviviente, intentó argumentar otra parte de mí. En alguien haciendo lo necesario para no colapsar otra vez.

Pero la voz más oscura, la que sonaba sospechosamente como mi madre muerta, susurraba algo diferente:

En una ramera que se esconde detrás de excusas médicas.

Cerré los ojos. Respiré. Conté hasta diez.

Los tres hombres del Instituto. Los maté con mi placer. Con mi incapacidad de controlar mi biología. Y ahora tenía siete más. Siete hombres buenos—Finn con su corazón roto, Leo con su mente brillante, Kai con su control férreo—y yo los arrastraría a todos a mi desastre.

Porque eso es lo que hacen las Omegas Cíclopes, ¿no? Destruimos. Consumimos. Tomamos y tomamos hasta que no queda nada.

Mi teléfono vibró. Mensaje de Leo:

"Frecuencia cardíaca todavía elevada 20 minutos después. La mía también. Pasado mañana: Kai."

Miré el mensaje. La evidencia de que no era la única sintiendo esto. Leo también. Su cuerpo también respondía. Su control también se resquebrajaba.

¿Lo estaba destruyendo ya?

¿Los destruiría a los siete?

O tal vez, susurró una voz muy pequeña, muy asustada, tal vez ellos me destruirán a mí primero.

No respondí el mensaje.

Caminé a casa, llevando el calor de Leo en mi palma y el hielo de la culpa en mi pecho.

Siete hombres esperando su turno.

Y yo, la puta biológicamente programada para necesitarlos a todos.

Los voy a matar, pensé. Igual que a los otros.

O me van a romper tan completamente que desearé estar muerta.

No sabía cuál opción me aterraba más

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP