CAPÍTULO 9

Oliver estaba sentado en su sillón de la oficina, echando chispas de rabia. No podía creer la audacia que tuvo ella al entrar a su despacho a insultarlo; nadie se había atrevido a hacer algo así en el pasado. Este tipo de cosas no eran nuevas para él; las mujeres siempre buscaban cualquier oportunidad para meterse en su vida, pero jamás les daba entrada. Las consideraba insignificantes y solo tenía pensado sentar cabeza cuando encontrara a alguien de su misma clase social.

Unos minutos después, la recepcionista entró. Él la había mandado llamar para pedirle explicaciones.

—Señor —dijo ella, haciendo una leve reverencia—, me… me mandó llamar —tartamudeó muerta de miedo. Sabía que estaba en serios problemas y ya empezaba a arrepentirse de haber dejado pasar a Arianna. Si Diosito le salvaba el pellejo hoy, juraba que jamás volvería a cometer semejante estupidez.

—Lucy, en el último año, ¿cuántas mujeres han venido aquí con el mismo cuento que la que se acaba de ir? —preguntó Oliver con voz fría. Su rostro no reflejaba emoción alguna, pero la recepcionista conocía de sobra esa mirada: era su cara de pocos amigos.

—Ocho, señor —respondió ella, mirando al suelo.

—Bien. Y esas ocho mujeres, ¿qué era lo que realmente querían de mí? —insistió él, al tiempo que apoyaba las piernas sobre el escritorio.

—Su… su dinero, señor. Solo querían su dinero —contestó con voz casi inaudible.

—¡¡Entonces, ¿por qué demonios dejaste pasar a esa mujer?! —bramó Oliver. La recepcionista dio un brinco del susto y, por puro instinto, dio un paso hacia atrás.

—Lo siento mucho, señor; por favor perdóneme, no volverá a pasar —implicó entre temblores.

La recepcionista sabía que su vida se iría a la ruina si perdía este trabajo. Su sueldo mensual era mucho más elevado que lo que ganaba un asistente personal en cualquier otra empresa. Se dio cuenta de que, a veces, uno tiene que velar por sí mismo antes que por los demás, aunque no sea lo correcto.

Oliver suspiró y bajó las piernas del escritorio.

—Escucha, Lucy, te la voy a pasar esta única vez solo por lo trabajadora que has sido. Pero si vuelves a meter la pata así, estás fuera. ¿Te queda claro?

—Sí… sí, señor —tartamudeó ella.

—Perfecto. ¡Ahora regresa a tu puesto de inmediato! —ordenó. Vaya que se sentía de maravilla ser Oliver Gomez.

La recepcionista asintió y se giró para salir. Al llegar a la puerta, chocó de frente con Sammy. Alcanzó a mascullar una disculpa antes de salir corriendo, dejando a Sammy completamente perplejo. Él se volteó a mirarla mientras ella se apresuraba a tomar el ascensor, y luego sacudió la cabeza.

Aprovechando que la puerta ya estaba abierta, no vio la necesidad de tocar. Entró al despacho para encontrarse con su jefe y mejor amigo, que echaba humo como dragón furioso.

—Oliver, ¿todo bien? —preguntó Sammy mientras tomaba asiento. Echó un vistazo alrededor buscando alguna pista de lo que pasaba, pero el entorno no decía nada.

—Nada, una aparecida cualquiera intentando encasquetarme un embarazo. Pero olvídate de eso. ¿Por qué llegas a estas horas? Ya es por la tarde —cuestionó Oliver.

Evidentemente estaba furioso y ahora desquitaba su mal humor con su mejor amigo. Sammy ya estaba más que acostumbrado al genio de Oliver; jamás se tomaba sus palabras a pecho cuando el magnate andaba de malas.

—Lo siento, jefe. Tuve que ir a ver a mis padres por la mañana y me atrapó el tráfico de regreso. Por favor, discúlpame.

—Más vale que no se repita. Ve por el expediente de los Malcolm, vamos a ver si nos conviene hacer negocios con ellos —le ordenó Oliver.

—A la orden, jefe. Enseguida voy —respondió Sammy poniéndose de pie, para luego dar media vuelta e irse a su oficina.

Sammy y Oliver eran amigos desde la secundaria. Oliver provenía de una familia cuna de oro, así que construir su propio imperio no le supuso gran esfuerzo. Tenerlo como mejor amigo era lo mejor que le había pasado a Sammy; aunque no era inmensamente rico, podía darse el lujo de llevar una vida acomodada, a diferencia del ochenta por ciento de los habitantes de la ciudad.

Incluso si Oliver hubiera decidido no fundar una empresa, la fortuna familiar bastaba para mantenerlo a él y a las siguientes dos generaciones. A ese nivel llegaba la riqueza de los Gomez. No había dos familias más ricas en el estado; tenían un patrimonio con el que fácilmente podrían comprar la ciudad entera.

Arianna entró a la habitación hecha de lágrimas. Su mejor amiga, que estaba en el baño cuando ella llegó, salió al escucharla y frunció el ceño extrañada al verla en ese estado.

Rosie se preguntó qué demonios le habría pasado. Se acercó rápidamente y se sentó a su lado en la cama.

—Arianna, ¿qué pasó? ¿Por qué estás llorando? —preguntó alarmada mientras le levantaba el rostro para limpiarle las lágrimas.

—Él… él lo negó todo, Rosie. Me llamó seductora, me dijo que era una mujer barata y juró que ese hijo no es suyo —alcanzó a decir entre sollozos.

—¿Qué? ¡Qué pedazo de imbécil! ¿Cómo se atreve a hacerte algo así? —maldijo Rosie mientras la rodeaba con un abrazo de lado—. Lo siento muchísimo, mi amor. Por favor, ya no llores, ese infeliz no se merece ni una sola de tus lágrimas —la consoló.

Después de un rato, logró hacer que Arianna dejara de llorar. Ver a su mejor amiga hecha pedazos le partía el alma; si por ella fuera, iría en este mismo instante a despellejar a ese multimillonario de m****a.

—Ya, Aria, tranquila. Lo mejor es que te olvides de él y te enfoques en tu futuro. Él no vale la pena y ten por seguro que la vida se la va a cobrar tarde o temprano, así que ponle cara a la situación, hermana.

—No, Rosie. Ese tipo insultó a mis padres al poner en duda mi reputación. Me pisoteó solo porque fui a decirle que estaba esperando un hijo suyo, así que no me voy a quedar de brazos cruzados. Le voy a responder y le voy a dar donde más le duele, más fuerte de lo que se imagina —sentenció con los dientes apretados.

Rosie suspiró hondamente.

—Arianna, entiendo tu coraje, pero la verdad es que no hay mucho que podamos hacer. Esa es la triste realidad. Él es multimillonario y nosotras no somos nadie; ni juntando a cincuenta como nosotras le haríamos ni cosquillas.

—Te equivocas —dijo Arianna mientras se limpiaba los ojos. Se puso de pie y respiró hondo—. Lo voy a llevar a los tribunales. Va a tener que reconocer a su hijo y hacerse cargo de sus responsabilidades, o le va a caer todo el peso de la ley. Diga lo que diga, me voy a mantener en mi raya, no voy a dar un paso atrás y voy a ir hasta las últimas consecuencias para lograrlo.

Rosie se quedó perpleja ante semejante determinación; jamás le había visto esa faceta a su mejor amiga.

—¿Estás completamente segura de lo que quieres hacer, Aria? Si se van a juicio, él te va a aplastar; seguro tiene a los mejores abogados del país de su lado. Meterte con él es un riesgo enorme.

—Lo sé perfectamente, Rosie, pero el que nada debe, nada teme. Voy a ganar este caso, voy a demostrar la verdad y la ley lo va a castigar. Se atrevió a tacharme de lo peor, pues ahora me la va a pagar, pero necesito que estés conmigo en esto.

Rosie dudó un segundo. Sabía de sobra que su mejor amiga estaba a punto de meterse con fuego, pero tampoco la iba a dejar sola en la travesura; claro que la iba a apoyar.

—Está bien, Arianna. Si esto es lo que quieres, cuentas conmigo al cien por ciento. Te voy a ayudar a poner a ese multimillonario en su lugar. Tú solo dime qué hay que hacer.

—Perfecto… eso era justo lo que necesitaba escuchar. Ahora siéntate a ver de lo que soy capaz —dijo Arianna, mientras una sonrisa maquiavélica se le dibujaba en el rostro.

¡Continuará!

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP