Serena reaccionó al oír su voz. Lentamente giró la cabeza y, con una sonrisa levemente forzada, dijo:
—Rubí, viniste...
Rubí asintió, preocupada.
—¿Estás bien? Te traje unas pastillas para la resaca.
Se sentó frente a ella y sacó una pequeña caja del bolso. Luego suspiró.
—¿Por qué bebiste tanto? Debes sentirte horrible ahora...
—Sí... es horrible. Realmente horrible —murmuró Serena con una sonrisa amarga.
—Lo recuerdo todo, Rubí... pero tal vez habría sido mejor no hacerlo. Dios me jugó una mal