Mientras tanto, Rubí salió para ajustarse bien la ropa, pero cuanto más pensaba en lo ocurrido, más dolida se sentía. Grandes lágrimas corrían por sus mejillas, pero tenía miedo de despertar a Dylan. Así que se acurrucó en el sofá con una manta, sollozando en silencio.
No había hecho nada malo, pero seguía siendo objeto de la envidia de Marcia. Realmente sentía que no le quedaba nada, ni siquiera lo más valioso para una mujer. Y, lo peor, ni siquiera conocía bien a Marcus, el hombre que ahora l