CAPITULO 38

ISABELLA

Estaba enojada. No... enojada no: enojadísima.

Gabriel era un idiota. ¿Quién se creía para decirme esas cosas? Como si yo quisiera que ese señor estuviera cerca de mí o de mi hija.

Cuando llegué a la casa de Aleja, esta me recibió con una copa de vino.

—¡ES UN IMBÉCIL! —grité frustrada dejándome caer en el sillón de su sala—. Me trató horrible y después se hizo el desentendido... ¡y encima se llevó a mi hija!

—Amiga, trata de tranquilizarte.

—¿Daniel te dijo algo? —ella me miró confund
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