ISABELLA
¡Qué coraje!
En serio, no sé cómo pude creer en las malditas palabras de ese imbécil. ¡Soy una tonta!
—¡Isabella! —genial, lo que me faltaba—. ¡Isabella, para!
No me aguanto la rabia y, sin pensarlo, le suelto una cachetada. Gabriel queda tieso, parece estar procesando lo que hice. Creo que hasta yo lo estoy procesando. ¿Será que me pasé?
—¡Eres un imbécil! —le grito indignada.
—¿Puedes dejar que hable? No había necesidad de la cachetada.
—¡Vi a esa mujer casi desnuda en tu oficina!
—¿