Giró lentamente la cabeza, los ojos muy abiertos por la incredulidad. Miró a su madre—a la mujer que acababa de abofetearla, lo suficientemente fuerte como para hacerle ver estrellas.
Mariana no parecía arrepentida. Parecía furiosa, su pecho subiendo y bajando, sus ojos ardiendo con una furia que Da