Daniel no discutió. Me entregó el bolígrafo y esperó mientras firmaba en los espacios indicados. Al llegar a la última página, respiré hondo antes de escribir mi nombre. Ya estaba. No era una entrevista, una promesa ni un «ya la llamaremos». Tenía trabajo de verdad, un salario y un contrato que podía utilizar para demostrarle a la señora Martha que no iba a seguir viviendo de pasta con salsas distintas.
Daniel recogió los documentos y separó una copia para mí. —Bienvenida oficialmente, señorit