A la mañana siguiente llegué a la mansión a las siete y cincuenta y dos. Sí, miré la hora exactamente cuando crucé la verja. Después volví a mirarla en la pantalla del móvil solo para disfrutar de esos ocho minutos de ventaja como si hubiera conseguido algo importante. Había puesto el teléfono al otro lado de la habitación, así que cuando sonó la primera alarma tuve que levantarme para apagarla. La segunda ni siquiera llegó a sonar porque ya estaba en la ducha. La tercera la eliminé mientras de