— ¡Debemos irnos! —Gritó Aisha y tomó la mano de Leonid y como si ella fuera un imán y los demás metal fueron atraídos a ella y desaparecieron una milésima antes de que cientos de lobos demoníacos invadieran la cueva.
Todos cayeron dando vuelta en la arena, estaban en un desierto y Leonid miró a su alrededor desconcertado.
— ¡¿A dónde nos trajiste ahora?! —Exclamó Leonid y volteó a buscar a Aisha.
Vio el movimiento del velo contra el viento parcialmente hundido en la arena.
— ¡Ay