Victoria llegó a Obsidian poco antes del atardecer. El panorama dentro del holding seguía siendo exactamente el mismo de siempre: empleados caminando a paso apresurado por los pasillos de cristal, asistentes cargando carpetas repletas de informes financieros y teléfonos sonando sin tregua en cada cubículo. El imperio Meléndez funcionaba a la perfección, con una frialdad corporativa que hacía parecer que el mundo exterior nunca se detendría, ni siquiera ante una crisis.
Cuando finalmente cruzó