ISABELLE
Me levanté de la silla, me arreglé la falda lápiz mientras caminaba hacia su oficina, me detuve frente a la puerta, tratando de recuperar el aliento antes de abrirla.
Respiré hondo y murmuré «Dios, por favor» mientras entraba en su despacho.
En cuanto entré, sentí cómo el silencio de la habitación me oprimía antes incluso de cruzar el umbral.
Y él ni siquiera me miraba.
Tenía la cabeza gacha, fija en el escritorio que tenía delante. Tragué saliva y me obligué a mantener la barbilla