El mundo de Omar era una neblina turbia, donde imágenes fragmentadas bailaban en el borde de su conciencia. Vio un rostro, no un rostro cualquiera, sino uno que parecía haber sido cosido en la esencia misma de su ser. ¿Ava? El nombre flotó a través de la niebla, un ancla que intentaba enraizarlo de nuevo a la realidad.
—Omar, ¿puedes oírme? —La voz no era la de Ava; era más cálida, más cercana. Sus párpados se abrieron y entrecerró los ojos ante el resplandor clínico de la habitación del hospit