Saqué mis bolsas pequeñas y grandes de instrumentos de tortura y las abrí frente a él. Las bolsas pequeñas contenían cuchillos pequeños, alicates y cadenas delgadas de plata destinadas a romper dedos. Las grandes contenían martillos grandes, mazos y herramientas diseñadas para causar el máximo dolor sin matar. Todas tenían una cosa en común.
Manchas de sangre.
—No voy a usar ninguna de estas cosas contigo. Solo quiero intimidarte con ellas con la esperanza de no tener que usarlas. —Dije, mi voz