Permanecieron un rato abrazados en el suelo bajo la lluvia hasta que ella dejó de luchar y se calmó. Los sollozos se convirtieron en un llanto ahogado y silencioso que la joven no podía detener. La ayudó a levantarse lentamente y protegiéndola de la lluvia con su cuerpo regresaron al coche. Se acomodaron en el asiento de atrás, abrazándose pues ambos tiritaban, y no sólo de frio... Con la cabeza más despejada urgía buscar el modo de regresar a casa, hurgó en el bolsillo de sus pantalones
-¿Ma