Débora dudó un momento, pero devolvió el saludo y aceptó sujetar al brioso animal de Margaret. Nunca había tenido miedo de los animales y desde que llegó al rancho compartió enseguida el gusto de su esposo por los caballos. El animal que montaba Margaret era magnífico, no dudó en acariciarlo mientras lo miraba fijamente a los grandes ojos oscuros que reflejaban serenidad, eso era precisamente lo que necesitaba ella. Aprovechó esos segundos para meditar ahora que parecía que la relación con su