ALFA KARIM
Nos separamos y entramos en la cueva. Mantuve a Sekani cerca de mí, pero los otros hombres se fueron por su cuenta. Aún podía percibir el olor de Laika en la cueva. Seguimos el olor y nos adentramos más hasta llegar a una celda. La celda estaba vacía, no había prisioneros, pero vi cuerdas y salpicaduras de sangre en el suelo. El corazón me saltó al estómago y me sentí mareado. Ojalá no fuera la sangre de Laika. Sekani entró en la celda y recogió las cuerdas cortadas. Se las llevó a l