Finalmente, entraron a casa, lo hicieron hasta que la madre les reprochó por estar secreteándose a sus espaldas.
―¡Bienvenida, señora Melisa! —Saluda Jandé desde la cocina cuando vio entrar a su suegra que se dirige a ella y la abraza con alegría de volver a verla—. He preparado la cena con mis propias manos, por favor, vaya a la mesa y comuníquele al resto que pronto estaré sirviendo los platos. ―dijo Jandé al recibirla con un beso cálido.
―Tan bella, mi querida nuera, pero no era necesario qu