Adeline no quería desperdiciar energía preguntándose si Damian realmente estaba tratando de fastidiarla, pero sabía perfectamente que, aunque Valentina comería croissants, jamás tocaría el pastel de arroz al vapor.
Al ver la puerta cerrarse en su cara, Damian se detuvo un segundo, entrecerró sus ojos oscuros y luego esbozó una pequeña sonrisa. Valentina lo miró con curiosidad.
—Tío, ¿de qué te ríes?
—Me río de Adeline —respondió él con sencillez.
—¿Por qué? ¿Es porque no le gusta el desayuno qu