Damian guardó silencio durante un largo instante. Luego, con una voz baja y peligrosamente grave, susurró cerca de su oído: —Me estoy poniendo duro, Adeline. Si no quieres que juegue contigo ahora mismo, deja de moverte y vete a dormir.
Adeline se quedó de piedra. Él solo llevaba la bata del hotel; no tenía ropa interior de repuesto, lo que significaba que no había ninguna barrera entre ellos. Se mordió el labio, obligándose a no procesar esa información, y decidió que el silencio era su única