15. No me gustan las mentiras.
Aurora había salido de su casa prácticamente corriendo, ni siquiera se preocupó por ponerse algún ungüento en el pómulo que sentía que ya estaba hinchado, ni limpiar la herida de su labio, no, lo único que ella quería era salir de esa casa.
Al llegar al parque, Tony, el vigilante del turno de la mañana la miró como si estuviera viendo fijamente una escena del crimen.
—¡Por Dios, niña! ¿Qué te ha pasado?
Como pudo intentó regalarle una sonrisa tranquila al hombre y negó con la cabeza antes de