La mujer de figura armoniosa, no necesariamente voluptuosa, pero no por ello menos grácil, avanzó por el corto pasillo que conectaba con la parte trasera de La cueva de Diana, la bailarina que anteriormente encendiera a muy bajo nivel el entusiasmo del público estaba ya lista para su siguiente actuación, sintiendo un nudo en el estómago después de mucho tiempo, al notar el modo en que los hombres en aquel lugar se habían silenciado atónitos ante el baile de la muchacha que ahora pasaba azorada