Laia.
Caleb me había cubierto los ojos y no sabía por dónde estaba caminando. Solo sentía la brisa golpear mi rostro y un olor a agua salada llenó mis fosas nasales.
—Sorpresa —dijo.
Abrí los ojos con asombro.
—Me sigo preguntando, ¿cómo carajos llegamos a Hawái? —cuestioné, frunciendo el ceño.
—Estuviste durmiendo durante todo el trayecto, así que no te diste cuenta. Fue fácil —explicó.
Estábamos en un espacio abierto frente al hotel en donde nos hospedamos. La vista hacia el horizonte era agr