Caleb.
Eris me apuñaló con su propio brazo. La sonrisa maquiavélica que tenía plasmada en el rostro era digna de temer, pero no me iba a afectar.
Me preocupaba más la reacción de Laia, porque sabía que ella siempre terminaba salvándome cuando yo corría peligro, ¿por qué no podía ser al revés? Lo que ella no tenía en cuenta era que yo no iba a morir, ya que mi regeneración era superior siempre y cuando no se tratara de un arma de plata.
—Laia... No te preocupes —le dije, casi en un susurro ahoga