Laia.
No pensé que hacerlo con mi mate fuera una maravilla. Mi corazón estaba sincronizado con el suyo a pesar del agite que estábamos teniendo. Yo terminé por subirme encima de él y colocar mis palmas sobre sus pectorales.
Él sostuvo mis caderas, ayudándome a moverme por lo inexperta que era. El hormigueo que me recorría por dentro era delicioso, tanto para hacerme gemir cada minuto que pasaba.
—Sigue, por favor... No te detengas —suplicó, apretando la mandíbula.
No me importó que Caleb no tuv