—Vaya, me alegro de que ese perro no les haya hecho daño. Y Jeremy, tienes que superar tus fobias y cargar tus propias inyecciones de insulina, no siempre estará Emilia ahí para salvarte de un ataque de un bajón de azúcar. Muy bien, adelante, pueden pasar.
Jeremy le dedicó al profesor una mirada como diciendo: «¿En serio creíste eso, idiota?». Lo jalé del brazo rápidamente antes de que pudiera delatarnos y nos dirigimos a los últimos asientos.
—¿Cómo es posible que hayas dicho eso? —dijo para