—Vaya, me alegro de que ese perro no les haya hecho daño. Y Jeremy, tienes que superar tus fobias y cargar tus propias inyecciones de insulina, no siempre estará Emilia ahí para salvarte de un ataque de un bajón de azúcar. Muy bien, adelante, pueden pasar.
Jeremy le dedicó al profesor una mirada como diciendo: «¿En serio creíste eso, idiota?». Lo jalé del brazo rápidamente antes de que pudiera delatarnos y nos dirigimos a los últimos asientos.
—¿Cómo es posible que hayas dicho eso? —dijo para sí mismo—. No, ¿cómo es posible que hayas inventado una estupidez en unos pocos segundos? Pero lo más importante e increíble es cómo es que el profesor creyó semejante tontería.
Me encogí de hombros.
—Tengo talentos, bebé —guiñé un ojo.
Luego de esa clase aburrida, Jeremy se dirigió a su siguiente clase y yo me dirigí al baño de hombres para fumar un cigarrillo. Cuando iba cerca del baño escuché voces de hombres y una de mujer; al parecer los chicos molestaban a alguna chica.
Entré rápidame