Felipe paró de bailar y conectó su mirada con los ojos grises de su mujer. Unió sus manos y la guió a uno de los bancos que daban al lago. Y lo hizo por la simple y llana razón de que al parecer necesitaba estar sentado para todo lo que Elena iba a contarle. No era tan fuerte como creía.
Por años lo había motivado el hecho de recuperar su reino y hundir en la miseria a aquellos que habían destruido su vida. En multitud de ocasiones se había preguntado como una niña que había crecido con él, c