—Elena. Vamos, princesa, abre esos preciosos ojos. —Felipe llamó a su esposa mientras tocaba delicadamente su mejilla. Estaba muy fría. Sin embargo el aire regresó a sus pulmones cuando vio que sus pestañas aleteaban y su mujer lo miraba.
Había encendido las luces y pudo comprobar el mismo instante que esa mirada gris pasó de incertidumbre a pánico. Elena se encogió sobre sí misma y se pegó más a la celda.
—No me toques. No me toques. Aléjate de mí. —Y fue ese terror que expresaba la voz de su