El omega achicó los ojos, observando más allá y tratando de luchar contra los rayos de sol que lo cegaban. Cuando admiró la alta y delgada figura de Miguel acercarse, evitó rebotar sobre sus pies y sonrió de una manera agigantada.
No llevaba allí más de cinco minutos. Leonidas estaba unos metros alejado, comprando un cono de helado para cada uno, y cuando notó la nueva presencia que arribaba en el espacio personal de su pequeño dulce, chirrió los dientes con cólera y se apresuró a llegar a su