El Alfa admiraba todo a su alrededor, sus ojos vagando por el restaurante y de vez en cuando, deteniéndose en su reloj de muñequera. Repiqueteaba las yemas de sus dedos en la madera de la mesa, mordiendo el interior de su mejilla y comenzando a desesperar. Eran las cuatro cincuenta y Lisa no aparecía; aquello no era una buena noticia, desde luego.
Cuando admiró la entrada del lujoso restaurante y notó la pomposa presencia de la omega, él soltó el aire que habría estado reteniendo durante los tr