Ante aquella confesión, Angela lo observó horrorizada, no creyendo lo que su hijo acababa de decir, y tampoco imaginándose aquellas palabras en la realidad— . ¡Por supuesto que no! ¡Él no te enseñará nada, Jesús! — Exaltada, la omega se puso de pie, sobresaltando al omega quien frunció los labios— . Escucha, corazón. Soy tu madre, y eso me da el derecho a querer lo mejor para ti.
— Pero...
— Lo mejor para ti no ha llegado, cielo — prosiguió, alterada; sin embargo, con un tono de voz bastante ca