Doblando en una avenida un poco solitaria, Leonidas posó sus ojos en la delgada y escurridiza presencia que cruzaba la calle correteando, sus ojos posados en el auto que venía hacia él y sus pies apresurándose a llegar al otro extremo. El corazón de Leonidas dio un brinco de felicidad, estirando una enorme sonrisa en sus labios cuando reconoció inmediatamente aquella corona perfectamente elaborada, y rápidamente dio un par de bocinazos, llamando la atención del omega que lo observaba.
Cuando lo