Una vez que mamá vio el Ferrari que entró rugiendo en nuestro recinto, salió de un salto y se paró en la
puerta, armándose con sus ojos oscuros y llameantes que nos advertían no acercarnos.
Mi mirada seguía en ella incluso mientras el conductor salía apresurado para abrirme la puerta. Me preguntaba cuál podría ser la razón de la expresión en su rostro. Estaba llena de ceño fruncido y carmesí. Los parches rojos en sus mejillas eran evidencia de la ira contenida que tenía hacia mí.
Caminé con ine